Magdalena Kozena: “Al arte clásico la gente llega cuando ha madurado”

Famosa mundialmente como una de las intérpretes más refinadas del repertorio barroco, ícono de la música antigua al más alto nivel, Magdalena Kožená no es sin embargo una cantante complaciente respecto de las clasificaciones que imponen la industria del disco y el lenguaje de la publicidad. Así como aborda la música del pasado, las óperas de Händel o las canciones de Monteverdi, también se ha interesado por compositores modernos y contemporáneos, por el siglo XVII o el XX y el XXI, por la música tradicional más recóndita de su país, la República Checa, o por el repertorio lírico más frecuentado de su cuerda. Su cálida voz de mezzosoprano, llena de vida, matices, emociones y personalidad le ha permitido trazar, bajo la guía del buen gusto y la curiosidad intelectual que la caracterizan, un recorrido notable lejos de convencionalismos y lugares comunes.

Hay otro aspecto en el que tampoco hace concesiones: el valor del tiempo. Un valor por el cual asegura que ha aprendido a medir el significado de cada uno de sus proyectos artísticos y a establecer una escala de prioridades donde su vida privada, el hogar y la familia que creó en Berlín junto a su esposo, el célebre director de orquesta inglés Simon Rattle, estrella de la batuta que marcó una era en la Filarmónica de la capital alemana, y los tres hijos de la pareja, ocupan siempre un lugar de privilegio. Por esa razón y por la realidad virtual que ha acelerado la vida en el mundo entero, considera que, tras más de veinte años en la cima del universo clásico, el mayor lujo que ha logrado en su carrera es el de poder elegir y decir que no.

Orquesta Barroca de Venecia

Orquesta Barroca de Venecia

Como cierre de su primera gira sudamericana debutará esta noche en el coliseo porteño junto a la renombrada Orquesta Barroca de Venecia, “una agrupación musical fascinante que es mi favorita para este repertorio”, comenta. “Trabajo con ellos desde hace diecisiete años, he grabado tres álbumes y he realizado varias giras con lo cual, lo que mostraremos aquí, es el resultado de una larga colaboración artística. Por otra parte —agrega en su diálogo con LA NACION—, estoy ansiosa por experimentar dos condiciones fantásticas de las que me han hablado muchos colegas: la acústica del Teatro Colón y lo atractiva y vibrante que resulta la ciudad de Buenos Aires. Este concierto, además, siendo el último de nuestra gira, adquiere el sentido de una celebración final”.

-En los últimos años has ido definiendo tu carrera más como una cantante de conciertos y recitales que de óperas escenificadas ¿Cómo ha sido tu vínculo con la actuación?

-Me encanta la ópera en el teatro porque es un mundo completamente diferente y es importante sentirme una cantante completa en todas sus variantes. Necesito tanto del concierto y el recital como de la producción escénica ya que desde la actuación y la interacción con los colegas se aprende mucho de la obra y del personaje. Sí reconozco que hago menos producciones que la mayoría de los cantantes líricos. En primer lugar, porque me gusta desarrollar otro tipo de proyectos y luego, porque soy madre de tres niños y las producciones consumen muchísimo tiempo a menos que se hagan en la misma ciudad en donde uno vive. Pero eso no es frecuente. En general hay que viajar y dejar la casa y la familia durante al menos dos meses para cada ópera. Yo hice ese trabajo fascinante, con mucha dedicación, cuando mis hijos eran más pequeños y todavía no iban a la escuela, de manera que podía llevarlos conmigo. En aquella época podía tomar muchas más producciones, pero desde que comenzaron la escuela he tratado de encontrar un equilibrio que no implique tantos viajes que me alejen de mi familia.

-¿Cómo ha resultado artísticamente ese proceso?

-Creo que todo en la vida es una cuestión de encontrar el equilibrio justo que, aunque no siempre se logre, se busca constantemente. Al comienzo de mi carrera estaba concentrada en desarrollar una vida donde todo era nuevo y apasionante: viviendo en hoteles, viajando todo el tiempo, pasando sin pausa de un proyecto al otro ¡Me encantaba ese ritmo! Pero luego llegó la hora de radicarme en un lugar, asentarme, formar una familia, tener hijos, crear un hogar… Pienso que he tenido la suerte de poder aprovechar al máximo aquella etapa y hacer todo lo que hice con la intensidad con que lo hice y, sobre todo, con la posibilidad de establecer un nombre como artista. Muchas de mis colegas que tienen hijos y todavía no han logrado instalar sus carreras como para elegir según sus prioridades, sienten el peso de permanecer en esa etapa. Hoy realmente disfruto del lujo que significa poder decidir, de los ofrecimientos que recibo, cuál es importante para mí, cuánto tiempo le dedico y qué espacios le reservo a mi vida privada. A veces surgen propuestas que llegan en un momento difícil y plantean un dilema: “tal vez esta oportunidad nunca más se presente en mi vida”. Pero es así y yo me siento feliz de trabajar con gente que conozco desde hace años, con la que he desarrollado una colaboración de muy largo plazo: ensambles, pianistas y directores con los que cada cierto tiempo vuelvo a emprender un proyecto y refuerzo ese vínculo que para mí es esencial como con la Orquesta Barroca de Venecia. En esa búsqueda, he podido lograr esto que considero es un lujo absoluto dentro de esta profesión. El lujo de elegir y de poder decir: sí o no.

–Has explicado en alguna ocasión que, a tu modo de ver, para la selección de un rol no es tan determinante el Fach [denominación en alemán para clasificar las voces según la tesitura y el peso], como el carácter y el color vocal. ¿De qué depende la elección de tus roles? ¿Cuál es el ideal al que aspirás?

–Es difícil hablar de uno mismo y de su propia voz, pero creo que puedo explicar aquello que quiero conseguir, el ideal al que aspiro cuando canto. Lo que me gusta obtener es la mayor naturalidad posible, quiero que la gente sienta que lo que yo canto lo puede cantar cualquiera. Hay colegas que, por el contrario, se concentran en resaltar la dificultad, en acentuar el exhibicionismo por ejemplo en las coloraturas, en los agudos y en los pasajes de virtuosismo. Los admiro mucho, por supuesto, porque es algo impresionante, pero para mí, suena artificial, poco real y hasta diría que me suena como a un número circense… En esos momentos siento que pierdo el interés de escuchar la siguiente pieza porque se me hace demasiado afectado e irreal. A veces bromeo diciendo que en las óperas prefiero cantar los recitativos antes que las arias porque los recitativos se cantan en una zona cómoda, en la posición normal de la voz propia. Para mí, el ideal en la interpretación es el de cantar lo más cerca posible del texto hablado porque es el punto más natural de la voz, el lugar donde no suena como canto lírico. En cuanto a los roles, creo que la música barroca ayuda mucho en ese propósito porque usualmente la extensión no es tan amplia como cuando se canta, por ejemplo, La Sonnambula, de Bellini, u óperas similares que exigen moverse hacia posiciones extremas. En la música barroca tenemos las arias da capo donde el cantante adecúa los ornamentos a su propia tesitura y con eso consigue la naturalidad deseada. Allí es posible acercarse a ese ideal del que hablo, donde la emoción no proviene de lo impresionante de la técnica vocal sino de la belleza de la música y la poesía.

-Con respecto al programa de tu concierto en el Colón, surge de manera llamativa la elección de un único personaje con todas las arias de una misma ópera, algo de una enorme singularidad y cohesión que contrasta con el programa convencional en el que el cantante muestra su ductilidad a través de distintas épocas y estilos, compositores, idiomas, tipos de obras y carácter musical.

-Pensé que para cantar donde todavía no me conocen debía presentarme con lo mejor. Lo otro –cantar una serie de arias–, hubiese sido la elección más obvia. Hay algunos roles, muy pocos en realidad, donde cada aria es un verdadero tesoro. Hay otros, en cambio, que pueden tener un par de arias fantásticas, pero luego sigue otra que no lo es tanto y hay que sobrevivirla. En el caso de Alcina, todas sus arias son extraordinarias, las seis piezas son obras maestras del genio de Händel. Y lo que más me gusta de esta idea es que en esa sucesión va surgiendo la evolución del personaje.

-¿Cuáles son los hitos de esa evolución?

-La variedad de emociones que se van despertando en ella. La música muestra esa transformación desde la hechicera del comienzo, la que comete crueles abusos, la que atrae a sus amantes a la isla, la que convierte a los hombres en piedras… hasta el momento en que es ella la que se enamora. A partir de allí, todo se torna diferente, se revierten los sentimientos y las pasiones que experimenta por primera vez. Solo un rol como el de Alcina puede sobrellevar un programa entero sin necesidad de combinarse con otros personajes, sin tornarse aburrido, monótono o desparejo en la calidad de sus arias. Es un tema fuerte que tiene la suficiente intensidad que requiere un recital. Por otra parte, ya lo hemos interpretado en otros conciertos y nos sentimos seguros con el resultado que combina estas arias de Alcina con maravillosas músicas instrumentales. Andrea Marcon [el director del ensamble, quien en esta ocasión no ha podido viajar con la orquesta] se caracteriza por armar exquisitos recorridos instrumentales intercalados con arias, manteniendo un sentido de la variedad y riqueza en los estados de ánimo, carácter y color.

-¿La música en el fondo siempre habla del amor?

-En el desarrollo de este personaje creo que sí, que se puede experimentar una cantidad de matices, luces y sombras de casi todos los estados en torno al sentimiento del amor. En la primera aria, Alcina está disfrutando de su poder y del placer físico que comparte con los nuevos amantes que ha llevado a su isla. Se trata de la vitalidad de los placeres sensuales. En la segunda, surgen las dudas y el escepticismo. El mundo ya no es todo lo que imaginaba porque ahora percibe un sentimiento más profundo, algo diferente que la sorprende y perturba. En la tercera aria —”¡Ay, corazón mío!”— reconoce que está en problemas y que esto no será como ha sido siempre, que no querrá deshacerse de ese hombre sino al contrario, buscará retenerlo. Alcina finalmente está sufriendo por amor. Siente. Sospecha que nada terminará bien. En la cuarta aria se desata su furia. Llama al espíritu de la venganza y las sombras del inframundo para usar sus poderes mágicos. Es un aria furiosa porque se siente traicionada, ofendida e incapaz de manejar la situación. Le sigue su vendetta: hacer desaparecer a Ruggero y la mujer que él ama. Siente odio. Odia la cercanía que los une y el amor que nace entre ellos. Por último, en el final —”Me quedan las lágrimas”—, la música expresa la desesperación de Alcina. Está perdida completamente. Lo fascinante de este personaje es que, a lo largo de sus seis arias, la música muestra casi todas pasiones que despierta el amor.

-¿Te preocupa como cantante lírica la renovación del público?

-Creo que ya hay demasiada gente preocupada e insistiendo con la idea de “atraer nuevos públicos”, de “ser más moderno”, de “conquistar a los jóvenes”. Yo creo que con la democratización que ha significado Internet que puso toda la música del mundo al alcance de cualquiera, el que tiene un interés, simplemente busca. Ese acceso ilimitado hoy ofrece posibilidades que antes no existían. Y a pesar de que todos queremos que venga gente más joven a escuchar la ópera, creo que el arte clásico, en general, es algo a lo que la gente llega cuando ha madurado, como en muchos otros dominios a los que se llega más tarde. Siempre vamos a encontrar personas de sesenta años para arriba en el público de estos géneros. Esa es la mayoría. ¡Y está bien! Yo no veo nada de malo en eso porque la música clásica es una expresión artística muy compleja. Tampoco creo que se trate solamente de que a alguien le guste o no le guste. Se trata de “saber” algo al respecto. Y para mucha gente eso implica un trabajo, poner demasiado esfuerzo en algo que no les interesa o sobre lo cual ya tienen prejuicios. No sé cómo se lucha contra eso, pero de ninguna manera considero que llegará el día en que no haya más público para nuestro arte. Siento, por el contrario, que tenemos que estar en paz con el hecho de que la música clásica no es un género masivo con el cual llenar estadios con miles y miles de personas porque sencillamente no ha sido concebida para eso.

Concierto de Magdalena Kožená, mezzosoprano, con la Orquesta Barroca de Venecia. Programa: obras de Händel, Locatelli, Galuppi, Marcello y Vivaldi. Esta noche, a las 20. Teatro Colón, Cerrito 618. Entradas desde: 900 pesos. Para los menores de 35, a partir de las 14 podrán adquirir sus localidades por el programa ¡Último minuto! a 200 pesos. La compra se deberá realizar de manera presencial en la boletería (Tucumán 1171) con DNI. Podrán obtenerse un máximo de 2 entradas por persona y la ubicación será elegida por orden de llegada. Al ingresar a la sala deberá presentarse el DNI. También será transmitido en directo por streaming, por el canal de YouTube del teatro.

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