La “misión” de dos argentinos en situación de calle que se subieron a un avión por primera vez

A Ernesto Ferreyra le dicen Pepe. Y Pepe dice que tuvo dos vidas. Una pasada, atravesada por el consumo, el delito, las entradas y salidas de la cárcel (ocho años en total), las cientos de noches (incontables) durmiendo a la intemperie, y la sensación punzante de que de esa no se salía.

Era una vida en la que prefería no gastarse un peso en comprar un sándwich porque implicaba “una bolsa (de pasta base) menos”. Prácticamente no comía. Prácticamente no dormía. O lo hacía en lugares impensados, en horarios que no tenía nada de rutina.

Pensándolo bien, dice Pepe, eso no era vida. Era otra cosa. Pero entenderlo le llevó un tiempo. Entre 2016 y 2017 conoció Proyecto 7, una organización social formada por y para personas en situación de calle, y empezó la segunda parte de su película, su propio remake, donde Pepe ya no era “un fantasma” sino el protagonista.

La de ahora, que sí es vida, es la que arrancó entonces: terminó el secundario, sacó su carnet de conducir, volvió a jugar al fútbol en su club de siempre (el Miriñaque, en Pompeya), cursa segundo año de la carrera de psicología social y trabaja como operador en Proyecto 7 acompañando a otros que pasan por lo que él pasó.

Hace varios años que no consume y recuperó los lazos con su familia (papá, mamá, hermana, sobrinos y una tía). Pero hay más. El domingo pasado, por primera vez, se subió a un avión y salió del país con una misión: representar a la Argentina en un evento regional. Esta vida nueva, asegura, no deja de sorprenderlo.

Pepe, de 37 años, es una de las 60 personas que esta semana participaron, en Santiago de Chile, del segundo encuentro de organizaciones que trabajan con y para personas en situación de calle. En total, fueron nueve los países latinoamericanos que formaron parte de esta iniciativa impulsada por Proyecto 7 (de la Argentina y encargada de hacer una colecta para que el viaje fuera posible), el Movimiento de gente en situación de calle (Brasil), Fundación Gente de la Calle (Chile) y el colectivo Ni todo está perdido (Uruguay).

Representantes de las distintas delegaciones durante el encuentro en Chile.

Representantes de las distintas delegaciones durante el encuentro en Chile.

El objetivo fue intercambiar experiencias y formas de trabajo e intervención, y compartir los desafíos en términos de políticas públicas que existen en cada uno de los países involucrados, con la intención de proyectar cuáles otras serían necesarias para mejorar la calidad de vida de las cientos de miles de personas que viven sin un techo.

Para Pepe se trató de una oportunidad única: la de poner su experiencia al servicio de una causa común. “La calle no es un lugar para vivir ni para morir. Yo soy el ejemplo real de que se puede salir. Pero para eso, además de voluntad, se necesita de mucha ayuda”, señala. Ser ese testimonio en carne y hueso, es su misión.

Cristian: los abusos lo empujaron a la calle

No cruzó la cordillera solo. Lo hizo acompañado, entre otros, por Cristian Garrós. Para él, ese vuelo también fue el primero de su vida. Más allá del nudo en la panza que significó pasar por encima de los Andes con turbulencia, Cristian −un varón trans de 36 años− considera que el viaje fue inolvidable por miles de otros motivos.

Horas antes de volver a la Argentina, cuenta que quedó en la calle en 2017. En ese entonces, todavía no había empezado su transición y vivía en Río Negro, con su mamá, hasta que ella se enteró de que andaba noviando con una chica de su secundaria.

Ernesto Ferreira (primero a la izquierda), Cristian Garrós y Horacio Ávila, junto a una constituyente chilena que participó del encuentro.

Ernesto Ferreira (primero a la izquierda), Cristian Garrós y Horacio Ávila, junto a una constituyente chilena que participó del encuentro.

“Me pegó un boleo y me mandó a San Andrés de Giles, con mi viejo, que tampoco me quiso aceptar porque el lesbianismo no estaba bien visto. Empecé a trabajar, conocí al padre de mis hijos y me fui machucando en la cabeza que por ahí ellos tenían razón, que lo que yo pensaba estaba mal”, cuenta Cristian.

Tuvo a sus hijos (en total, son seis) y vivió con su pareja hasta que a los 31 años sintió que no daba más. “Sufría abusos y maltratos por parte de él, que me obligaba a tener relaciones. Ya no lo soportaba. Veía a las jovencitas con la pulsera del orgullo y un día dije: ‘Loco, yo tengo 31 años y no puedo salir del clóset’”, recuerda.

Horacio Ávila (izquierda) y Walter Ferreira, del colectivo uruguayo

Horacio Ávila (izquierda) y Walter Ferreira, del colectivo uruguayo “Ni todo está perdido”.

Pegó el portazo y se fue a la calle. Sin sus hijos, porque no quiso que se quedaran sin un techo. “Estuve 47 días prácticamente sin comer, tomando agua de una estación de servicio en Campana, donde todos me conocían pero nadie me daba bola. Haciendo dedo llegue a CABA y un conocido me contactó con Horacio Ávila (coordinador general de Proyecto 7). A las dos horas me escribió para decirme que tenían un lugar para mí”, narra.

¿Qué encontró allí? “Una familia. Simplemente, una familia”. En otras palabras, un lugar donde respetaron su identidad, donde lo acompañaron, lo “tomaron como uno más” y en el que terminó por convertirse en coordinador de diversidad de género de la organización. Necesitamos unirnos más que nunca para tratar de sacar a la gente de la calle”, asegura, orgulloso de haber podido viajar a Chile con ese objetivo.

Ávila subraya que la participación de personas como Ernesto y Cristian implicó llevar al encuentro (el segundo que se hizo de este tipo; el primero fue en 2019) “la voz de la calle”.

“Más allá de las voces académicas o más técnicas, que las personas en situación de calle puedan participar de todos los talleres y comisiones, es fundamental, así como que tomen conciencia de la responsabilidad que están asumiendo representando a tantas otras personas”, sostiene el coordinador de Proyecto 7.

En esa línea, Pepe agrega: “Vinimos en representación de todos los que quieren salir adelante pero no conocen una organización que les dé una mano y no tienen las herramientas necesarias para hacerlo. Mi deber y obligación es tratar de hacer con otros lo que hicieron conmigo”.

El encuentro regional reunió a unas 60 personas. La delegación de argentinos fue la más grande: 17 personas vinculadas a cinco organizaciones sociales, como Proyecto 7, No Seas Pavote, Red Puentes, No tan distintes y Trabajadores excluidos.

¿Cuáles fueron los puntos centrales que se plantearon durante el encuentro?

¿Qué hace Proyecto 7? Nació en 2003, en la ciudad de Buenos Aires y está conformado y coordinado por personas en situación de calle. Con un abordaje multidisciplinario, cuenta con cuatro centros de integración en Barracas, Parque Patricios y Flores, abiertos las 24 horas los 365 días del año. Se ofrece un acompañamiento que incluye la posibilidad de terminar el secundario (a través del Plan Fines y de bachilleratos populares), talleres de oficios (como de panadería, carpintería y serigrafía) y de alfabetización digital, una carrera terciaria (tienen una escuela de psicología social) y tratamientos para adicciones, entre muchas otras iniciativas.

Ávila, que también vivió varios años en situación de calle, considera que es fundamental que las políticas públicas que buscan abordar la problemática, tengan en cuenta ese entramado complejo que implica contener y acompañar a los sin techo.

“Cada persona es un mundo. Nosotros lo tomamos así. Lo primero es conocer su historia de vida para ver por dónde empezar, qué cuestiones la atraviesa: desde lo emocional hasta si tienen alguna problemática de salud. El objetivo es que puedan estudiar, formarse laboralmente, recuperar la dignidad, la autoestima y los lazos familiares cuando son convenientes. Se puede salir adelante y tener una vida digna y productiva, pero para eso hay que trabajar en todos esos ejes”, resume.

¿Cuántos beneficiarios tienen? Todos los días, unas 500 personas (entre adultos, niñas y niños) participan de las distintas iniciativas de Proyecto 7. A eso se suman todas aquellas que van de forma esporádica a sus centros a comer, buscar ropa o darse un baño.

A Pepe hay una frase de Ávila que le quedó grabada a fuego: “La dignidad no se negocia”. “Yo me crié en Zabaleta y en el barrio uno se va ganando su lugar. A mí me conocían todos y en vez de venderme la droga, me la regalaban. En ese momento no te das cuenta, pero el consumo abarca toda tu persona y no sos capaz de ver otra cosa. Yo no quería dejar la calle. Quería seguir drogándome”, recuerda.

Pero ese era el Pepe de antes. El que llegó todo roto al Monteagudo (el centro de integración más antiguo de Proyecto 7, en Parque Patricios) a través de un amigo que le dijo: “Acá te van a dar de comer cuando tengas hambre, te van a dar abrigo cuando tengas frío y un lugar para dormir cuando estés cansado”.

Pero Pepe se encontró con algo mucho más grande, tan grande que se le queda apretado en la garganta cuando lo cuenta y le quiebra las palabras: “Me abrieron las puertas de par en par. Ahí empecé a entender eso de la dignidad”.

Aunque tuvo dos vidas, en el fondo, muy en el fondo, Pepe asegura que siempre fue el mismo. El pibe con ganas de ayudar, de hacer algo por los demás, aún cuando no podía ni consigo mismo. Y concluye: “Para ayudar, primero tenés que estar bien vos. A mí, Proyecto 7 y mi club, el Miriñaque, me dieron ese abrazo incondicional a cambio de nada, que terminó cambiando todo”.

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