Reseña: Mi madre, de Yasushi Inoue

Con apenas seis años Yasushi Inoue (Hokkaidō, 1907–Tokio, 1991) fue apartado de su familia y confiado a una anciana de un pueblo vecino. Aquella mujer a la que el pequeño llamaba “abuela Nui” era en realidad una antigua amante de su bisabuelo y quien se ocupó de su crianza hasta finalizar la escuela primaria. La ausencia caprichosamente cruel de su progenitora durante la niñez no despertó en el futuro escritor japonés ningún rencor sino una suerte de curiosidad teñida de nostalgia, sentimiento que acaso haya sido la semilla de la conmovedora y delicada escritura de Mi madre.

Sin voluntad de desmerecer sus muchos cuentos y relatos (Luna llena, La escopeta de caza), Inoue aseguraba haber dado lo mejor de sí en este discreto volumen que tiene a su anciana madre como protagonista. “A mitad de camino entre el ensayo y la novela”, según sus palabras, el libro reúne tres crónicas –”Bajo los cerezos en flor”, “Claro de luna” y “El rostro de la nieve”– que narran en tono monocorde el ocaso de una mujer y su memoria.

La historia comienza con la muerte del padre y el descubrimiento por parte de Inoue y sus hermanos de una madre con principios de demencia senil a la que deberán atender unos y otros. Las anécdotas que se van hilando no caen en el sentimentalismo ni coquetean con el drama. Todo se cuenta en voz baja, sin disonancias. Viven lo que les toca vivir con educada entereza y un tierno respeto por la persona enferma.

Lo que le ocurre a la madre es tan predecible como irreparable; va retrocediendo en el tiempo hasta llegar a la infancia. Se vuelve una niña longeva y su familia no sabe bien cómo tratarla. Lo corporal es un aspecto pudorosamente soslayado y la protagonista, frágil y diminuta, parece a veces un dibujo que desfila delante de nuestros ojos, como si se tratara de una animación. Vive en un mundo paralelo. Alucina, se escapa, entra por la noche en las habitaciones ajenas con una linterna en busca de algo o de alguien que nunca está. Es como si interpretara, escribe Inoue, “un papel que se había asignado en la obra que ella misma había escrito.”

El final anunciado es de un lirismo sobrio. La visten de blanco y se celebra una ceremonia apropiada. “El viento se levanta… ¡hay que intentar vivir!” es un verso que no pertenece a Mi madre pero que traduce bien la sensación que experimenta el lector al cerrar el libro. Consuela pensar la posibilidad de que Inoue haya podido a su vez recordarlo y encontrarse con el joven que fue, aquel que sin saber francés tuvo la osadía de presentar una tesis sobre la poesía de Paul Valéry antes de dejar la Universidad Imperial de Kioto.

Mi madre

Por Yasushi Inoue

Sexto Piso Trad.: Marina Bornas

158 páginas, $ 2600

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