Partidizar la democracia, la nueva trampa K

El peronismo vuelve a endosar al resto del país sus conflictos internos. Esta vez no es un problema partidario, de liderazgos políticos, de discusión de cargos o de la supremacía de un sector sobre otro. Lo que el inveterado oficialismo discute ahora es la esencia misma del sistema político e institucional de la Argentina. Y va ganando con comodidad el grupo que cree necesario abandonar la democracia liberal, desterrar la división de poderes como esencia de la república y caminar a contramano del sistema de libertades económicas del capitalismo.

La historia de la eterna interna peronista parece repetirse, pero ahora simulan recuperar el resultado que quedó trunco en los 70. Es, sin embargo, toda una apariencia envuelta para relato. Sobran las diferencias, pero también abundan antecedentes que permiten tender puentes de interpretación entre estos días y aquellos años funestos.

En medio siglo, pasaron cosas. Un contexto interno sin partido militar ni golpes de Estado; un escenario global que dio muchas vueltas hasta reconfigurarse luego de la Guerra Fría y del derrumbe del bloque comunista, y un sistema de competencia por el liderazgo global de la economía con China como contraparte de los Estados Unidos.

Esta síntesis excluye otros elementos relevantes, pero alcanza a registrar que el viejo partido del poder de la Argentina vuelve a plantear rumbos inquietantes sin consensos plenos.

Otra vez, el peronismo nacionaliza su discusión interna. Como a principios de los años 70, el peronismo pretende redefinir el consenso esencial que el país tenía desde la organización nacional que siguió a la Batalla de Caseros.

Primero lo positivo: esta vez la discusión no se resuelve con violencia. Aquella pelea entre “la patria socialista” y “la patria peronista” fue una derivación de la pérdida de control por parte del propio Juan Domingo Perón del largo proceso para lograr regresar de su exilio. Cuando por fin el expresidente logró su objetivo de volver y recuperar sus derechos políticos y los de sus partidarios, las facciones que él había controlado desde Madrid se le fueron de las manos. En especial, la vertiente terrorista que él mismo había nombrado con el eufemismo de “formaciones especiales”. Esa “juventud maravillosa”, según sus propias palabras, imaginó un camino directo al socialismo, muy al estilo del Chile de Salvador Allende.

Perón, sin embargo, sabía desde mucho antes del golpe que derrocó al presidente chileno, el 11 de septiembre de 1973, que la tutela norteamericana sobre la región no permitiría ningún contagio. Él mismo no lo deseaba, y menos si quien lo planteaba, la conducción de Montoneros, incluía un cuestionamiento liso y llano a su jefatura por la vía de la eliminación física de sus incondicionales. El asesinato de José Ignacio Rucci, jefe de la CGT, no fue un aviso, sino una ofensa que Perón tomó como tal y que derivó en la caída de los gobernadores afines a la tendencia, al discurso en la Plaza de Mayo contra los guerrilleros y la reivindicación de los gremios. De esas filas sindicales salieron los primeros comandos armados de la derecha peronista. La Triple A no fue un invento de José López Rega. Después vino la dictadura, con las consecuencias conocidas.

Enganchada en esos años, Cristina Kirchner repite que ahora la “desestabilización de los gobiernos populares” ya no se organiza con golpes militares, sino con una conjura de dirigentes opositores, jueces, fiscales y periodistas. Lo repite tanto que muchos van a terminar creyendo que es verdad.

Sus palabras intentan pero no logran ocultar que lo que en verdad está planteando es un camino hacia una autocracia disfrazada de revolución.

Los muchachos de los 70 imaginaban una Argentina con la épica cubana y amparada por Moscú para salir de la influencia norteamericana, entre discursos nacionalistas y la estatización de los medios de producción. Los veteranos que fueron jóvenes en esos años saben que ese destino ya no existe, pero sí hay un universo que remunera muy bien el paso a la marginación de todo un país.

Moscú es escenario ahora de una versión política más parecida a los tiempos zaristas; China promete ayudas que también pacta con otros países sin fijarse ni meterse en sus sistemas políticos en tanto lo que saque sea más redituable que lo que pone. Cuba y Venezuela son pantallas para incautos: pesan poco y nada.

La novedad es que esta vez los hijos de los 70 –y también unos cuantos padres que ya son abuelos– imaginan posible desde el peronismo avanzar hasta consumar sus propósitos.

Para eso nada mejor que demonizar a los jueces que, vaya coincidencia, investigan casos de corrupción de los jefes del kirchnerismo. Y, claro, es necesario declarar enemigos al resto de la clase política, e imprescindible acotar hasta eliminar todo vestigio de periodismo y reemplazarlo por propaganda. El silencio del peronismo no kirchnerista frente a ese avance es tan estruendoso que el experimento genera una situación en extremo peligrosa.

Es el riesgo de partidizar valores que son comunes y esenciales, incluso para el peronismo antes de ser hegemonizado por el kirchnerismo. Esa es la trampa. Hacer creer que la república, la democracia y su sistema de libertades quedaron reducidos a una determinada fracción política. Así, las elecciones que vendrán pueden terminar siendo un plebiscito sobre el sistema político antes que una votación dentro del sistema político.

Conocé The Trust Project

Relacionados