¿No aprendimos nada?

Leer los diarios argentinos es leer los diarios de un país sin tiempo. Tanto que si reeditáramos diarios de hace 30, 50 o 70 años nos costaría darnos cuenta de que los títulos no son actuales. Consecuencias de un país que, con honrosas excepciones, hace demasiado tiempo que es puro presente. Lo único importante es este instante. Y si el presente requiere avasallar la justicia para acomodar los fallos a los deseos de turno, cerrar la exportación de carne para mentir que se intenta bajar la inflación, generar responsables falsos de los problemas de siempre para inventar conflictos que desvían la atención, pues allá vamos. Actitudes repetidas en los distintos presentes a lo largo de nuestra historia que, en lugar de darnos la pauta de que el camino es por otro lado, nos siguen tentando como si esta vez fuera a ser diferente hasta convertirnos en un país sin esperanza. ¿Qué habría de esperarse del futuro si todo es hoy? Nada, solo permanecer.

Todo lo que hace el gobierno se enmarca en esa visión sin trascendencia, sin consecuencia, sin futuro. Como si nada de lo que pasa estuviera determinado por lo que pasó antes, como si el futuro no se construyera con las acciones del presente. El vacunatorio vip, ahora justificado por la necesidad de salvar a gente “importante” de la sociedad, como si eso existiera. El testeo trucho de Ezeiza. Los festejados vuelos de Aerolíneas para traer vacunas que le cuestan al país una enorme cantidad de recursos que deberían destinarse a comprar más vacunas, que no hay. Las declaraciones altisonantes que hoy defienden una cosa y mañana la opuesta con la misma vehemencia.

Es cierto que en medio de una pandemia (cada vez menos global, porque quienes vacunan, salen), uno pueda verse atropellado por el presente. ¿Pero cómo explican entonces la respuesta del gobernador de mi provincia, Axel Kicillof, al exjugador de fútbol Matías Almeyda, que quiso proveer de vacunas a su ciudad natal de Azul? No solamente lo mandó a leer “las leyes argentinas”, con toda soberbia, sino que le espetó que “esta no es una cuestión de ‘sálvese quien pueda’, ni de ‘primero yo’. Me parece que es una visión mezquina”. ¿No entiende Kicillof que a este sálvese quien pueda nos empujan ellos que no consiguen vacunas y que cuando las consiguen vacunan a sus militantes? Como dice un viejo amigo: “nada importa, todo vale”.

No solo se repiten errores del pasado como si no tuvieran consecuencias, sino que se lo hace con persistencia y compromiso. Cuando Alberto Fernández, al asumir, nos invitó a sumarnos a una visión de país en la que la unión y el trabajar juntos eran parte central, le di el beneficio de la duda. Creí que esa era su intención y que era posible que impusiera su visión a la de aquellos que solo querían volver a dominar todo para quedar impunes. Me equivoqué. No creo que nos haya mentido, creo que Alberto fue víctima de su inoperancia e incapacidad, extremadas por la pandemia. Creo que él soñaba con aunar fuerzas detrás de su visión y no con generar este país dividido y encaminado una vez más a una confrontación social importante. No pudo, no supo, quiero pensar que sí quiso.

Ahora, frente a una derrota en la Corte por el decreto inconstitucional de cierre de escuelas, el presidente intenta una “cristinada” y busca cambiar la Constitución con una ley de mayoría simple. Indigno de un profesor de derecho, aun de un adjunto. Esta ley logra dos cosas: mostrar la desesperación del Presidente y que cuando Cristina aparece con una iniciativa, Alberto se alinea y se inclina por el país sin visión y sin futuro. La ley puede salir, pero va a sufrir las mismas consecuencias judiciales que el decreto. Es obvio y lo saben. Pero eso es mañana, hoy habrán ganado una batalla, aunque pírrica, mañana será otro día. No se puede vivir así.

Debemos trabajar en organizar la resistencia. Los sectores productivos, los sindicatos que son menospreciados por Cristina, las organizaciones sociales que quieren generar empleo genuino, los padres que pelean por llevar a sus hijos a la escuela, los comerciantes que quieren trabajar, los profesionales que quieren ejercer tranquilos, los distintos partidos de oposición y también los sectores de la coalición de gobierno que están tan desencantados como nosotros con el fracaso de Alberto y su cristinización. Resistencia civil, ciudadana, pacífica. Cada sector tendrá su manera, abriendo escuelas, abriendo locales, marchando pacíficamente como lo hicimos el año pasado. Debemos mostrarnos unidos en la vocación de cambio. No queremos el país de hoy sin mañana. Queremos el país que, aprendiendo de su historia, construye hoy un mañana mejor para las generaciones futuras. Nada más y nada menos.

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