Recuperemos la verdad, bravuconadas y prioridad: la educación

Recuperemos la verdad

En la edición del martes pasado leí un pequeño y excelente artículo del señor Ariel Torres, referente al valor de la palabra, titulado “Digamos la verdad”. Tengo desde hace mucho igual percepción y preocupación. Se trata de algo tan obvio, a veces seguramente difícil, pero fundamental. Especialmente en la construcción de una sociedad, de una familia, de un grupo de amigos. Mentir a la sociedad, a la familia, a un amigo, a un juez es algo grave. No puede ser que la palabra se vea devaluada, disminuida, tergiversada. Hay que cuidarla. Lo natural debe ser expresarnos con la verdad. Lamentablemente se hace común en nuestro país escuchar o leer algo que es verdad a medias, un recurso de campaña, una mentirita publicitaria. Debemos ser más exigentes con la verdad. No está bueno mentir. No es bueno que nos mientan. No nos irá bien dudando siempre de malas o raras intenciones. No hablo de errores. No es una viveza criolla. No es picardía. ¡Mucho menos viniendo de una autoridad! No forma parte de las virtudes que nos harán una mejor sociedad. Quienes mienten con las vacunas, con el relato, con la publicidad, con el valor de la moneda, con promesas incumplibles… hacen y provocan un grave daño.

¡Cuántas cosas esenciales podemos recuperar con la verdad! Con la dura y sencilla verdad. Podemos y debemos exigirla.

Gustavo Aguirre Faget

DNI 11.499.140

Sería bueno aclararle a Carlos Zannini la diferencia conceptual entre “inmunidad de rebaño” por cierto, tan ansiada por todos, y “rebaño de zonzos”. La población, producto de la pandemia y del desgobierno, está muy golpeada, sufriendo pérdidas, y extremadamente sensible. Resultan innecesarias sus bravuconadas, dado que la gente lejos de ser zonza empieza a hartarse de ellas.

Fernando M. Guevara Lynch

DNI 17.031.728

Prioridad: la educación

Desde que el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires decidiera acertadamente retomar las clases presenciales en las escuelas bajo su administración se han sucedido una serie de manifestaciones relativas al tema de la educación en nuestro país. Pocas de esas manifestaciones hicieron énfasis en el que, a mi juicio, es el principal problema que enfrentamos para mejorar la instrucción de todos los niños argentinos, que no es otro que la baja calidad y formación de los docentes. Debería mencionarlos por la denominación que ellos, o al menos sus dirigentes, hace mucho tiempo optaron por usar: “trabajadores de la educación”. Un docente es un maestro, un guía, casi un padre y en muchas casos mucho más que eso, si consideramos los hogares de los que muchos niños provienen. Sarmiento enfrentó un problema enorme para implementar sus ideas de educar al pueblo: conseguir maestras preparadas y comprometidas para la tarea. Las encontró en lugares tan lejanos como Estados Unidos y Suiza, con los resultados conocidos. Hoy el problema es aún mayor, ya que las legiones de docentes mal formados que pululan por las escuelas –actualmente hay más de cuatro docentes por aula en CABA– no permiten ser evaluados ni separados de sus cargos por ninguna razón, lo que vuelve muy difícil pensar en mejorar la educación sin poder colocar a los mejores al frente de las aulas.

Mientras el celador Baradel y el resto de los dirigentes gremiales dicten las condiciones en la educación argentina, deberemos conformarnos con el actual estado de cosas, si es que no empeoramos aún más.

Ojalá la clase política, los padres, los docentes comprometidos –de los que hay y muchos– y la sociedad en general hagan de este tema el principal punto a ser tenido en cuenta por el próximo gobierno a partir de 2023. Sin modificar este estado de cosas, no queda futuro para nuestra querida República Argentina.

Gonzalo G. Rubio

DNI 8.634.717

Todos opinan igual, hace falta más trabajo, menos gasto, más ayuda del FMI, menos torpeza de los piqueteros y más coherencia en los sindicatos, pero la pandemia entorpece toda buena intención como un muro infranqueable.

Parecería muy fácil de solucionar la crisis económica y social si la pandemia desapareciera sorpresivamente. Pero, por favor: Gobierno, políticos, sindicalistas y empresarios prebendarios, tengan en cuenta que durante 70 años no tuvimos pandemia y cada día se siguió el camino del deterioro general. Necesitamos un cambio de rumbo total y profundo, para así incorporarnos al mundo normal que nos rodea.

Marcos A. Evans

DNI 14.062.331

Peores

Una mujer trabajadora de un geriátrico en Tandil dijo: “Este país te hace ser peor”. Estoy absolutamente de acuerdo . En La República, Sócrates interpreta que la justicia, en su ejercicio, debe tener como objetivo el de “ajustar”. Al culpable, por el acto de restaurar la justicia en él, y este debería ser el objetivo de la condena. Este ajuste de la virtud de la justicia sería la rehabilitación que le permitiría reintegrarse a la sociedad. El ejercicio de la justicia debe calibrar el oscilador ético.

Pero la justicia no es solo para castigar: debe garantizar que aquel que es virtuoso obtenga lo que le corresponde. En el caso del ciudadano, ser virtuoso con respecto a la justicia significa cumplir con sus obligaciones y respetar las leyes. Le corresponde al Estado asegurarse de que sus derechos sean respetados por los demás ciudadanos y los gobernantes. Pero también que todos los demás jueguen con la misma regla: eso es ser igual ante la justicia. Porque si no es así, no hay ninguna razón para respetarla.

Gobernantes y trabajadores del Estado que cobran un sueldo que proviene del esfuerzo del conjunto de los ciudadanos deben ser modelos para los demás, y si no lo son tienen que ser los primeros en manos de la justicia. Porque el Estado que no puede respetar no merece respeto y no puede hacerse respetar. Cuando un funcionario de cualquier rango falsifica un documento oficial, se roba una vacuna, no solo debe renunciar: debe ser “recalibrado” con una condena. Porque cometió un delito injustificable. Como tantos otros y tantas otras que en este país, que es el cambalache y “el reino del revés”, y que en lugar de castigarlos, los beneficia y los contrata.

Sí, es verdad, este país nos hace ser peores. Porque el ciudadano de bien se ve sistemáticamente impedido en su voluntad de ser virtuoso. Y aquel intrépido o forastero que prueba, comprueba enseguida que el curro en este país está tan naturalizado como el regateo en los mercados de la India. Se enojan si no lo hacés.

Natalia Grunberg

DNI 26.281.831

En el Parque Ameghino, en la avenida Caseros, se yergue el monumento a los médicos y enfermeros que dieron su vida durante la fiebre amarilla; aquella que diezmó la población porteña en 1871. Erigido justamente donde estaba el Cementerio del Sur –sepultura de la mayoría de aquellos 14.000 muertos– y hoy casi desconocido, el monolito cobra enorme valor en nuestros días, por los muchos héroes silenciosos que, vistiendo el ambo hospitalario, siguen sirviendo a la salud de la población, muchas veces al precio de sus vidas.

Es justo recordar –por citar un ejemplo– al médico coronel Francisco Javier Muñiz (cuyo nombre lleva el Hospital de Infectología), que sirvió a la salud desde las Invasiones Inglesas, pasando por las campañas sanmartinianas y hasta la Guerra contra el Brasil. Retirado ya en su vejez, al iniciarse la Guerra contra el Paraguay, se presentó ante el presidente Mitre para servir una vez más a la nación, sin aceptar respuesta negativa, y se sumó a los hospitales de campaña, donde vio morir a su propio hijo.

Como si su entrega hubiese sido insuficiente ofrenda a la nación, todavía exigió a Sarmiento un puesto de servicio en la epidemia de fiebre amarilla, en la que finalmente ofrendó su vida contrayendo la peste mientras atendía a sus enfermos, a la edad de 76 años.

Me pregunto si el funcionario que mintió ser servidor de la salud para aplicarse la vacuna contra el Covid conoce la gloriosa historia de argentinos cuya memoria ofende con esa actitud indigna.

José E. Castiglione

[email protected]

Delito político

Debería considerarse un delito penal la acción ejercida por punteros o militantes de agrupaciones políticas que manejan planes sociales de distinto tipo con el objeto de captar votos. Una práctica aceptada con naturalidad en una sociedad degradada en valores como la argentina, donde son más fuertes los partidos mayoritarios que las alicaídas instituciones republicanas. La captación de votantes a cambio de planes sociales, favores o promesas de puestos en el Estado, además de ser una práctica corrupta al utilizar fondos públicos con fines particulares partidarios, atenta contra la dignidad y la libertad de la persona, al explotar una necesidad vital. Una especie de reducción a la esclavitud y dependencia por parte del corruptor partidario militante. La democracia está corroída por este tipo de prácticas políticas espurias.

Claudio Jorge Blanco

DNI 12.532.853

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