Oropeles y frustraciones de la visita al Papa

Cubrir la audiencia oficial de un pontífice a un jefe de Estado es sin dudas algo impresionante, inolvidable y único. Es la oportunidad para descubrir los fastos y la opulencia de un mundo que ya casi no existe: el de una monarquía absoluta, como es el Vaticano, donde, mal que le pese al papa argentino venido del fin del mundo y alérgico a los oropeles, todavía rigen los usos y las tradiciones de una corte imperial.

Es deslumbrarse al principio con el Patio de San Dámaso, maravilloso lugar, diseñado hace 500 años, en pleno Renacimiento, por genios como Miguel Ángel, Rafael y Bramante, donde normalmente el mandatario llega al Vaticano con su auto negro oficial. Allí le dan la bienvenida un pelotón de guardias suizos con alabardas, una alfombra roja y el prefecto de la Casa Pontificia, que sale a su encuentro. Acto seguido, el huésped ilustre y su comitiva son acompañados al ascensor que sube hacia la Segunda Loggia del Palacio Apostólico. En un clima solemne, también escoltado por otro pelotón de gentilhombres pontificios ataviados de frac y que caminan a un paso lento de otra época, de última corte imperial de Europa, la delegación entonces va atravesando salones espectaculares con frescos, tapices, muebles antiguos y obras de arte que no se ven en ningún palacio real europeo, la Sala Clementina y otros corredores, hasta llegar a la Sala del Tronetto. Es allí donde el papa sale al encuentro del mandatario. Después de un primer saludo, normalmente apretón de manos –fundamental para los periodistas presentes en un pool–, los dos líderes ingresan a la Biblioteca, se sientan uno frente al otro en el escritorio papal –momento en el cual el pool de periodistas puede ver gestos y oír qué se dicen– y luego se cierran las puertas. Entonces los periodistas se quedan esperando, cronómetro en mano, en una salita adyacente, hasta que el sonido de un timbre indica que el cara a cara ha terminado. La duración de ese tête à tête será uno de los parámetros para entender cómo fue el encuentro. El timbre indica que el pool de periodistas puede prepararse para volver a la Biblioteca, para presenciar el saludo del papa al resto de la comitiva y el intercambio de regalos: otro momento clave para oír pequeños diálogos y percibir el clima, gestos, miradas, lenguaje corporal, humor general. Finalmente, todos se despiden y la delegación se retira. En tiempos precoronavirus, al pool de periodistas se le permitía saludar al papa: una emoción adicional y una foto para el recuerdo. El presidente luego suele reunirse con el secretario de Estado –una especie de primer ministro– y el “canciller” en otro salón.

“Los periodistas solo pudieron ver, de lejos, cómo el Maserati con banderita argentina que utilizó Fernández entró por la Puerta del Perugino”

Más tarde, el Vaticano difunde un comunicado oficial sobre la visita, normalmente escueto. Y luego el presidente en cuestión, en rueda de prensa o similar en su hotel o embajada, cuenta su versión del encuentro.

Cubrí muchas visitas de presidentes argentinos, incluso cuando no había un papa argentino, sino sus antecesores, Benedicto XVI y Juan Pablo II (en sus últimos tiempos). Casi siempre desde el diario mandan a un enviado especial –de la sección Política y más interiorizado que yo en la coyuntura local–, con quien compartimos una cobertura muy especial, compleja por sus repercusiones políticas y apasionante.

Cubrí todas las visitas de presidentes argentinos al papa Francisco, pero la del jueves pasado, la segunda de Alberto Fernández, fue la más frustrante. Debido a las restricciones por la pandemia, desde hace meses el Vaticano no permite pools de prensa. Por eso, salvo las cámaras del Osservatore Romano, ningún periodista pudo presenciar nada de lo que normalmente puede verse. Como el 13 de mayo era feriado en el Vaticano por la Ascensión del Señor, la audiencia no fue en el Palacio Apostólico (cerrado), sino en el estudio del Aula Pablo VI, lugar menos impactante porque es moderno. Los periodistas ni siquiera pudieron ver desde afuera este lugar, denominado “Il Fungo” por la forma tipo hongo que tiene su entrada, diseñada por el arquitecto italiano Pier Luigi Nervi. Solo pudieron ver, de lejos, cómo el Maserati con banderita argentina que utilizó Fernández entró por la Puerta del Perugino –uno de los ingresos amurallados del Vaticano–, minutos antes de las 10 de la mañana.

El resto fue por WhatsApp. A Santiago Dapelo, enviado especial y compañero ideal de cobertura, le llegaba la información clave –duración del cara a cara, regalos intercambiados e imágenes–, en el grupo de WhatsApp alimentado por Juan Pablo Biondi, vocero del Presidente. Yo recibía información parecida, pero de la otra parte, en el grupo de WhatsApp de los periodistas acreditados en el Vaticano, que alimentaba con cuentagotas Matteo Bruni, director de la Sala de Prensa del Vaticano.

Más frustrante (y antiperiodístico), imposible. La nueva normalidad en tiempos de pandemia.

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