Tarifasgate: Guzmán sigue en silencio y se aferra a la ”comitiva chica” del viaje a Europa

Marcó del Pont, Guzmán, Todesca, Kulfas, Moroni, Pesce y Mallamace, en la reunión de gabinete económico
Marcó del Pont, Guzmán, Todesca, Kulfas, Moroni, Pesce y Mallamace, en la reunión de gabinete económico

Las distribuyeron varios voceros del “albertismo”. Combinadas, ambas fotos dan un mensaje: componen una familia feliz. En una de las imágenes, el ministro de Economía, Martín Guzmán, parece conducir como el primus inter pares que supo ser en un pasado reciente. En la otra foto sonríe y nada parece poder empañar esa felicidad.

Pero las señales intencionales que se desprenden de esas imágenes del encuentro del equipo económico ayer no son las que recibe Guzmán desde que se desató la interna el viernes pasado en el Gobierno por la decisión del ministro –con aval de Alberto Fernández– de despedir por “incompetente” a su subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo. El sociólogo es un hombre muy cercano a Cristina Kirchner. Tal decisión fue congelada en las últimas horas –con aval también del Presidente–, pero quien comenzó a sufrir los embates del cristinismo fue el encargado de la economía del país.

La misma idea de “normalidad” y “gestión” sin sobresaltos es la que buscó inocularse el Palacio de Hacienda. Desde el fin de semana, la bajada de línea que llegó de la Casa Rosada al quinto piso de Economía es “bajar los decibeles”. Guzmán entró en modo silencio. No respondió a las provocaciones del gobernador bonaerense, Axel Kicillof, ni tampoco a las que surgieron ayer de las entrañas de La Cámpora, que difundió la foto de Basualdo activo y seguro en su puesto. Nada hubo frente los dardos del Senado, tierra de la vicepresidenta.

Pese a la tibieza que comenzaron a mostrar sus superiores directos –él siempre se autocalificó como un “soldado de Alberto”– a la hora de ratificar su pedido de despedir a Basualdo, el ministro ahora se aferra a otro microgesto de supuesta lealtad presidencial hacia él: “Está en la comitiva chica”, recalcan fuentes oficiales sobre el viaje a Europa. Esa minúscula señal, auguran, es una muestra del apoyo presidencial frente a la desautorización más grande que sufrió el ministro, cada vez más acotado en la toma de decisiones sobre la economía.

Ayer comenzó temprano su día laboral, como siempre. Mantuvo varias reuniones por Zoom, según fuentes oficiales. Luego estuvo en la fotografiada reunión del gabinete económico “encabezando” y “coordinando” a sus pares. Más tarde cruzó la calle y volvió a su despacho para más reuniones a distancia, particularmente para “cerrar detalles del viaje a Europa”. Continuó su labor con su secretario de Finanzas, Mariano Sardi, al repasar los números de la licitación de deuda.

Fuentes oficiales consultadas dijeron a LA NACION que Guzmán no volverá a entrar al terreno de la batalla personalizada. Sin observaciones sobre la gravedad de la situación, se enfocará en la gestión e “irá para adelante”. A pesar del ataque que encabezó el viernes al mediodía –cuando se conoció su decisión de echar a Basualdo–, que se convirtió ahora en un boomerang cristinista, el ministro desconoce que su situación haya cambiado, por lo menos públicamente. “En los hechos estamos en la misma situación del viernes”, dicen.

Las dudas en el horizonte no son menores. A fin de mes, el Gobierno tiene que pagar US$2400 millones al Club de París. En su última misión, ya esmerilado desde Buenos Aires por Basualdo y Federico Bernal, titular del Enargas, Guzmán no había encontrado la posibilidad de reprogramar ese pago. Sus pares del G-20 y los responsables del Club de París le habían reclamado cerrar un acuerdo previo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Ahora, Guzmán volverá a ese mismo destino con una batalla perdida con su subsecretario.

En ese camino, los reclamos del cristinismo en el Senado para que utilice los derechos especiales de giro (DEG) del FMI para expandir el gasto y no para pagar vencimientos de deuda con el FMI en septiembre y en diciembre ensucian las mismas tratativas que el Presidente encabezará con Guzmán como escudero.

De vuelta, el ministro deberá lidiar con el frente interno. Allí prima la necesidad de pintar con credibilidad a su ahora desdibujado presupuesto. El mismo que fue diseñado para anclar expectativas de empresas y sindicatos en una inflación de 29% en la que pocos creen.

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