De Madrid a Buenos Aires, lecciones de una votación en pandemia

Isabel Díaz Ayuso, la nueva estrella de la política española, basó en la simpleza de una palabra la campaña que la llevó a arrasar ayer en las elecciones regionales de Madrid: “libertad”.

Su ejemplo resuena en medio mundo y es fruto de análisis urgentes en los despachos de la política argentina, otro país que se asoma a unos comicios determinantes en el paisaje incierto del segundo año de pandemia. Ayuso se ofreció a los españoles durante los últimos 14 meses como una cruzada contra las prohibiciones que el virus imponía mientras se cobraba vidas de a miles. Tuvo la habilidad política de instalar de manera exitosa la noción de que en España se libra una batalla entre los que quieren encerrar a la gente -el gobierno del socialismo con la izquierda radical de Podemos– y quienes se empeñan en romper las cadenas.

Tan pronto como en mayo de 2020 Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, avaló con fervor militante las protestas y cacerolazos contra el confinamiento. Peleó por mantener abiertos los bares, como un rasgo identitario de la ciudad que no debía resignarse por el paso de una enfermedad. Se rebeló en octubre contra un decreto que obligaba a cerrar la capital y varios municipios periféricos ante la segunda ola de contagios. Tomó desde el principio la bandera de las clases presenciales, aunque España fue uno de los países con menos días de aulas clausuradas pese a haber sufrido como pocos países del mundo el golpe de la pandemia.

Sus rivales no la vieron venir. Una jugada mal pensada y peor ejecutada del presidente socialista Pedro Sánchez para tumbar al gobierno de la poco trascendente Región de Murcia alentó a Ayuso en marzo a adelantar dos años las elecciones madrileñas, ante el temor de que intentaran echarla con una moción de censura parlamentaria. ¿Qué pasó? Ayuso más que duplicó sus bancas y destrozó a los partidos de la coalición de izquierda que gobierna España con el apoyo granítico de una población que no quiere saber más nada con la pandemia.

Es la señal atronadora que desoyó Sánchez. Y mucho más su aliado Pablo Iglesias, fundador de Podemos, que dejó la vicepresidencia de España para competir en estas elecciones para diputado regional y quedó en un indecoroso quinto lugar.

Cristina Kirchner y el líder de Podemos, Pablo Iglesias, en una reunión en El Calafate de 2018
Cristina Kirchner y el líder de Podemos, Pablo Iglesias, en una reunión en El Calafate de 2018

A Ayuso la quisieron enfrentar con argumentos científicos y descalificaciones personales, con foco en su estilo rupturista. Es una dirigente hecha al andar, de 42 años, periodista de profesión, absolutamente desconocida hace apenas dos años y que dista mucho de ser la heroína del liberalismo que a lo lejos muchos creen advertir en ella.

Llegó al gobierno de Madrid como una candidata accidental hace dos años. Era una alternativa de emergencia para frenar el avance de la ultraderecha xenófoba de VOX. El Partido Popular (PP) buscaba un Donald Trump, no un Emmanuel Macron. Tenía la urgencia de encontrar una cara nueva para pasar página después de la caída de la anterior presidenta regional, Cristina Cifuentes“>Cristina Cifuentes, mundialmente famosa desde la difusión de un video de seguridad en el que era sorprendida hurtando cremas de belleza en un supermercado.

La pandemia convirtió a la inexperta Ayuso en un emblema de la resistencia a la izquierda. Supo conectar con un amplísimo sector de la sociedad que no quiere un Estado que se meta de más en su vida. Con restricciones sanitarias, pero también con impuestos: Sánchez anunció subas a las empresas, los sueldos más altos y las grandes fortunas para financiar un gasto récord de 196.000 millones de euros en 2021.

Ayuso suplió solidez argumental con desparpajo. Se ubicó con orgullo en la derecha, sin ahorrarse frases célebres como el día que dijo: “Cuando te llaman fascista sabes que lo estás haciendo bien. Estás en el lado bueno de la historia”. Sus afiches adornan vidrieras de bares y ventanillas de taxis; trabajadores que piensan en un sueldo a fin de mes la identifican como su defensora.

Sus rivales se enfangaron en el pantano de la discusión ideológica, que excusó a Ayuso de defender ante el electorado su gestión sanitaria. La región de Madrid, que sufrió dramáticamente el desborde de los hospitales en 2020, acumula el 20% de los contagios y muertos de España, con el 14% de la población del país (6,8 millones).

De este lado del Atlántico afloraron comparaciones rápidas. La más evidente refiere al éxito de una gobernante local que se planta ante la autoridad nacional. Allá al igual que aquí la gestión del coronavirus cayó en la dinámica de la grieta. Pero conviene no desatender los matices. Ni Ayuso es Horacio Rodríguez Larreta -difícil imaginar dos perfiles políticos y personales más distintos- ni Pablo Iglesias es un imitador del kirchnerismo, por mucho que recite los mismos manuales de populismo existencial (¿alguien se imagina a Cristina Kirchner renunciando a todos sus cargos después de un fracaso electoral, sin echar culpas a nadie más que a sí mismo como hizo el líder de Podemos?).

Dicho esto, es evidente que el éxito de Ayuso encierra un mensaje que ya leen con atención en la Casa Rosada y los búnkeres de la oposición: el hartazgo social con las restricciones lo pagan los que las imponen.

Larreta nunca perdió atención a la variable electoral de su batalla por las clases presenciales, episodio central de la política nacional en las últimas cuatro semanas y que ayer tuvo un clímax con el fallo de la Corte Suprema en favor de la autonomía porteña.

Cuando el kirchnerismo se desangra en su impotencia por obligarlo a cerrar las aulas lo hace con las encuestas en la mano. Necesitan a Larreta en la mesa de los que prohíben. Cuando Axel Kicillof lo amenaza con responsabilizarlo por muertes que vendrán revela su urgencia por unificar la geografía de lo prohibido a los dos lados de la General Paz.

Alberto Fernández, que tuvo su pico de popularidad como el padre protector cuando entró el virus, se desinfla a medida que su imagen se asocia al candado y las cadenas.

Como su amigo español Sánchez, Fernández carga con el peso de las estadísticas. Con matices evidentes, ambos países exhiben altísimos números de contagios y muertos, una afectación fuerte de la economía y el empleo y no avanzan a la velocidad prometida con el plan de vacunación.

Alberto Fernández y Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa
Alberto Fernández y Pedro Sánchez, en el Palacio de la MoncloaPresidencia

Madrid votó en medio de un confinamiento en vigencia que incluye toque de queda de 23 a 6, cierre de comercios en esas horas y limitación de aforo en los locales gastronómicos, como parte del estado de alarma dispuesto por el gobierno central. Sánchez pidió una “movilización récord para parar a la derecha” y estará derramando lágrimas por las plegarias atendidas. Votó un 76% del padrón -máximo histórico-, pero el vuelco favoreció a Ayuso. Los votantes nuevos no salieron a frenarla sino a pedirle que siga la batalla. Sánchez quedó debilitado, con su coalición deshilachada y con una oposición renacida y hambrienta de poder.

En la Casa Rosada hace días que debaten qué hacer con las elecciones legislativas. Si dejar todo como está, si cancelar las PASO o postergarlas un mes. Parecía que existía un consenso con la oposición para votar en septiembre y noviembre. Ahora solo hay dudas. La economía es un enorme signo de interrogación, la inflación avanza y las vacunas necesarias no terminan de llegar.

El espejo de Madrid añade una incógnita: el cansancio de un segundo año de miedo y encierro puede influir en los votantes de una manera que no responde a las variables clásicas de la ciencia política. Un día los ciudadanos dicen que no quieren más pandemia y votan a quien sabe ofrecérselo.

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