Un instrumental obsoleto para bajar la inflación

Cuando encontraron al subteniente japonés Hiroo Onoda en 1974 en una isla de Filipinas, llevaba 30 años sin enterarse de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Onoda vivió durante tres décadas escondido en la selva, convencido de que la guerra continuaba.

Algo análogo le debería haber ocurrido hace pocos días a Paula Español, la secretaria de Comercio Interior, cuando les pidió una planilla de Excel con información de costos a las empresas alimenticias, con la intención de frenar aumentos de precios. Español se debería haber dado cuenta de que la batalla intelectual sobre el llamado “cálculo económico en el socialismo” está zanjada al menos desde la caída del Muro de Berlín hace poco más de 30 años. Está enfrascada en una batalla perdida: los Excel no sirven para manejar la economía de un país.

En 1920, en los albores del régimen comunista soviético, el economista austríaco Ludwig von Mises publicó un artículo llamado “El cálculo económico en una sociedad socialista”. Este texto disparó uno de los debates más interesantes de la ciencia económica, con von Mises y Friedrich A. Hayek de un lado y economistas como Abba Lerner y Oskar Lange del otro.

El argumento de Von Mises era que, en un régimen sin propiedad privada, la tierra, el capital y el trabajo no tendrían un precio de mercado. En este contexto, los directores de producción de las empresas no podrían comparar precios con costos y, por lo tanto, no sabrían si ganan o pierden dinero. Un sistema económico en el cual las empresas no tienen información sobre su rentabilidad es como un navegante sin brújula. ¿Qué bienes o servicios deben dejar de producirse por no ser rentables? ¿Cuáles son altamente rentables y, por lo tanto, habría que invertir y contratar trabajadores para producir más?

Del otro lado del debate, el argumento era que todo se reducía a un problema computacional. Con la capacidad de procesamiento suficiente, se podría tener en cuenta la estructura de costos y de requerimientos de producción de los bienes de toda la economía. Con la información apropiada, la oficina central de planificación ejercería el rol del mercado.

Este argumento se encuentra muy arraigado entre quienes en esta columna llamé en el pasado terraplanistas económicos locales. Un artículo de 2015 de Adrián Simioni, de La Voz del Interior, dice que “se atribuye a Axel Kicillof haber dicho que la planificación centralizada al estilo soviético no habría fracasado si se hubiera contado entonces con las poderosas herramientas que hoy permiten procesar rápidamente enormes cantidades de información, cuya máxima expresión en el mundo de los economistas es el programa Excel”. Kicillof fue jefe de Español durante varios años.

La respuesta más interesante a este argumento la brindó el Premio Nobel Friedrich A. Hayek. Según el economista austríaco, los datos económicos nunca están dados para ninguna autoridad de planificación, ya que ese conocimiento se halla disperso entre millones de personas que interactúan en el mercado. La belleza del sistema de precios libres es que permite transmitir dicho conocimiento disperso para que productores y consumidores puedan tomar decisiones en forma descentralizada. No hay Excel que reemplace al sistema de precios, ni lo va a haber nunca.

Si quedaba alguna duda sobre quién ganó esta batalla intelectual, quedó zanjada cuando cayó el Muro de Berlín. Allí se vio más claramente cómo el sistema económico socialista era sustancialmente inferior al de mercado. Estas diferencias eran más shockeantes (o no, a la luz de lo recién argumentado) cuando se comparaba el nivel de vida entre lugares que de otra manera deberían tener uno similar, como Alemania Occidental y Oriental. Las planillas de cálculo de los planificadores producían en exceso bienes obsoletos que nadie quería, y demasiado poco de los bienes (también obsoletos) que la población sí demandaba.

El demoledor triunfo del sistema de precios de mercado frente al “Excel” optimizado por las autoridades no significa que no haya un sano debate sobre regulaciones, por ejemplo, en el caso de monopolios o cuando un bien o servicio perjudica a terceros o al medio ambiente, sin que la empresa absorba los costos que ocasiona (lo que los economistas llamamos “externalidades”).

Pero, más allá de casos puntuales, las empresas de todos los países exitosos del mundo, desde los considerados más “socialistas”, como Suecia o Noruega, hasta los más “liberales”, como Estados Unidos o Hong Kong, tienen libertad para fijar los precios de sus productos, para decidir qué producen, qué importan y qué exportan. Nadie les pide una planilla con costos, ni les controla los precios, ni les limita las importaciones, o las exportaciones.

Pedir planillas con información de costos solo conducirá a que más empresas abandonen el país, cansadas de la intromisión de las autoridades en sus asuntos y, por lo tanto, en la propiedad privada.

Juan Bautista Alberdi, que tenía muy claro estos temas, entronizó la libertad de comercio y la defensa de la propiedad privada en su libro Bases, la principal fuente de la Constitución Nacional de 1853. También advirtió que “es necesario […] que contenga declaraciones formales de que no se dará ley que, con pretexto de organizar y reglamentar el ejercicio de esas libertades, las anule y las falsee con disposiciones reglamentarias”. Teléfono para la Corte Suprema de Justicia, que debería declarar inconstitucional a la Ley de Abastecimiento, que es utilizada por las autoridades para cometer tropelías contra la propiedad privada, como la del pedido de las planillas con datos de costos.

Mientas Paula Español pedía información sobre la estructura de costos, Federico Bernal, el interventor del Enargas, caminaba en sentido contrario. En una presentación en la audiencia pública para determinar las tarifas de gas, incluyó una filmina que dice, literalmente: “La regulación del ‘precio justo’ nació en el medioevo e implicaba que ante circunstancias especiales la remuneración no se realizara según los costos del mercado.” Pónganse de acuerdo por favor.

Si la postura de Español de intentar fijar los precios de los bienes de consumo masivo según los costos ya está reñida con la teoría económica, la postura de Bernal está directamente a las patadas con la misma. En la filmina mencionada incluye citas sobre el precio justo de, entro otros, el Código de Hammurabi, Aristóteles, y Alberto Magno (no confundir con el Presidente). Ni una mención incluye sobre los avances más recientes, de los últimos 250 años, de la teoría del valor. Le voy a preguntar cuál es el precio justo de un cuadro de un tal Vincent van Gogh. Al final de cuentas es una simple tela con un poco de pintura echada encima; su precio justo debe ser bastante accesible.

La fijación de tarifas de servicios públicos, como la distribución del gas o la electricidad, merece todo un capítulo especial, ya que se trata de servicios que naturalmente son monopólicos y se encuentran típicamente reglamentados por las autoridades. Las regulaciones más modernas apuntan, en términos muy genéricos, a que las tarifas remuneren adecuadamente las inversiones y la operación, para tener un servicio de calidad y eficiente, al mismo tiempo sin permitir que los prestadores abusen de su posición monopólica.

No sé qué opinaría Aristóteles del precio justo de la electricidad en la Argentina en 2021, pero sí estoy seguro de que las tarifas actuales están muy lejos de cubrir los costos de operación y la remuneración de la inversión de los prestadores. Es muy difícil predecir qué pasará en la Argentina en el futuro, con la excepción de que enfrentaremos con seguridad una nueva crisis energética al cabo de unos pocos años.

El Gobierno, en fin, intenta bajar la inflación pidiendo planillas con datos de costos y atrasando las tarifas de servicios públicos. También buscará desacelerar la depreciación del tipo de cambio. Este enfoque parece estar en línea con la visión oficial de que la inflación tiene raíces multicausales. El equipo económico hasta logró que el FMI, en el comunicado emitido luego de su visita a las oficinas de Washington, haya mencionado que estaban de acuerdo con que la inflación es un “fenómeno multifacético” (parecido, pero no igual, a multicausal). Sospecho que los funcionarios de ese organismo deben haber aludido también a causas como el déficit fiscal y la emisión monetaria.

Cuando el subteniente Onoda fue encontrado en 1974, se negó a rendirse. Dijo “solo me rendiré ante mi superior”, y tuvieron que llevar a su excomandante desde Japón para que deponga las armas. Quizás la jefa de Español y de Bernal debería pedirles que depongan sus teorías. Al final de cuentas, en su lugar favorito de vacaciones le dirían que lo del Excel y la cita de Aristóteles es “too much”.

Más información

Relacionados