La era del cansancio

“Nos explotamos voluntaria y apasionadamente creyendo que nos estamos realizando. Lo que nos agota no es una coerción externa, sino el imperativo interior de tener que rendir cada vez más. Nos matamos a realizarnos y a optimizarnos, nos machacamos a base de rendir bien y de dar buena imagen”, escribió el filósofo el filósofo Byung-Chul Han en su ensayo La sociedad del cansancio. Y no, no lo escribió durante la pandemia, sino hace 10 años y hoy sus palabras resuenan con un nuevo matiz. Somos nosotros, pero también es el contexto con de un agotamiento que venimos arrastrando hace más de un año en el que perdimos muchos de nuestros rituales favoritos y en el que no vemos otra que seguir así: zoom tras zoom a la espera de algo mejor.

Es hora de tomarnos en serio al descanso porque el burnout y el agotamiento crónico son cosa seria. No podemos tomar las riendas de la pandemia, pero podemos trabajar en domar a nuestra agenda. En su libro Rest, Why You Get More Done When You Work Less, su autor Alex Pang, sostiene que “el trabajo y el descanso no son competidores, son socios. Cuanto mejor descansás, más energía y creatividad podrás traer luego a tu trabajo”.

Pero más allá del trabajo, el descanso es una parte central de nuestra salud y bienestar y tenemos que planificarlo. El descanso no es un lujo, es un requerimiento impostergable. De acuerdo a Pang el verdadero descanso, el tipo que te hace sentir lleno de energía, requiere tres elementos clave: relajar la mente, el cuerpo y las expectativas sobre lo que vendrá. ¿Cómo podemos empezar a programar cada uno de estos descansos? Acá algunas ideas que me parecen valiosas trabajadas por Rescue Time, uno de los principales blogs de productividad para ejecutivos.

Nuestra cabeza va a mil y suele caer en pensamientos anticipatorios que disparan el estrés y la ansiedad. Para esto tenemos que activamente trabajar para cerrar cualquier tarea que esté abierta (como un loop infinito) y armar y respetar rutinas de “tiempo apagado”.

Sin embargo, es imposible simplemente decirnos a nosotros mismos (o a otra persona) que “listo, ahora te relajás”. No funcionamos así. De hecho, existe una razón evolutiva por la que no podemos desconectarnos instantáneamente del trabajo. Con el tiempo, nuestros cerebros se han vuelto increíblemente buenos en dos cosas: aferrarse a información importante (como aquellas tareas que aún deben realizarse mañana) y a estar en alerta máxima ante nuevas amenazas del entorno (como el WhatsApp que podría llegar de un jefe durante la cena).

Si bien estas cualidades tienen su lugar en la naturaleza, en el mundo laboral crean lo que se conoce como bucles sinfín y estrés anticipatorio. Los bucles abiertos en forma de tareas pendientes, conversaciones difíciles postergadas, demasiada carga laboral o preocupaciones personales nos resultan importantes, por lo que nuestra cabeza no los suelta.

También influye el estrés anticipatorio, la sensación de que constantemente necesitamos estar listos para responder a interrupciones, mensajes, requerimientos o para conectarnos a una video llamada al mismo tiempo que los chicos reclaman el almuerzo, lo que hace que sea imposible alcanzar un estado de verdadero descanso y desconexión.

Todo el contexto anticipa y genera el estrés del futuro, incluso si este nunca se materializa. Si bien la solución del estrés anticipatorio se reduce a cambiar las expectativas, cerrar los ciclos abiertos tiene una solución más concreta y procesable que es la de apoyarse en listas que den orden y claridad, atacar tareas alcanzables, trabajar en la priorización de estas tareas.

Más complejo es abordar el estrés anticipatorio, que puede reducirse al mantener honestas y a veces difíciles conversaciones sobre lo que se espera de nosotros y lo que nosotros necesitamos para asegurarnos tiempo de verdadero descanso. De estas conversaciones surgen acuerdos que ambas partes tendremos que cumplir con responsabilidad y confianza utilizando y creando procesos que nos permitan evaluar y medir cómo esto resulta para el trabajo y para nuestro bienestar. Por ejemplo, horarios de desconexión respetados, tiempos sin pantallas, ocio deliberado con espacio en la agenda semanal.

Un dato final para terminar de convencerlos, que se desprende de la investigación de Tara Swart, neurocientífica y coach ejecutiva del MIT Sloan of Management: el coeficiente intelectual puede recibir un impacto y caer en un 5% o más después de algunas noches de dormir poco. ¿empezamos a priorizar nuestro descanso?.

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