La sociedad está anestesiada (pero no dormida)

El síndrome Cenicienta flota en el inconsciente colectivo de los argentinos. Saben que en algún momento el reloj dará las doce y se romperá la ilusión. Mientras tanto, contra lo que muchos suponían, se juntan, se abrazan, se tocan. Conversan cara a cara. Caminan por la calle. Recuperaron el ritual de la vida. La pulsión humana se impone.

Reconociéndose como afortunados por haber podido escapar del infierno de 2020, aplican la cultura del sobreviviente: hoy es hoy. Se engañan a sí mismos pretendiendo olvidarse tanto del pasado como del futuro. Mentira piadosa, salida elegante y útil para recobrar fuerzas. En lo más profundo de su ser anida la verdad. El tiempo es cruel. Inolvidable, el ayer vuelve una y otra vez a la memoria. Trae espanto, angustia, agobio. Luce surrealista. El mañana mete miedo.

El verano fue, como se esperaba, un respiro. Generó un efecto anestésico sobre una sociedad con lacerantes heridas. En algunos casos, permitió sanar. En otros, al menos mitigar el dolor. Desde octubre en adelante, en el GPS de la gente hubo una única dirección: bienestar. Todos querían llegar a ese lugar. Quedarse allí “eternamente”. Y volver cuantas veces les resultara posible.

Las previsiones del Servicio Meteorológico Nacional traen una buena noticia. Aquello que es malo para el campo, el impacto de “La Niña” generando una importante sequía, es bueno para el estado de ánimo urbano: sol, aire libre, verde y una posible postergación del frío otoñal. La ventana de oportunidad podría mantenerse abierta un poco más de lo previsto. Al final, tarde o temprano, el calendario gana. El tiempo no solo es cruel, sino también inevitable.

A medida que el efecto de la anestesia se diluya volverá a aflorar la realidad. Este año no será como el anterior. Ya aprendimos. Sabemos de qué se trata lo que sucede. Podemos sopesar mejor los riesgos y los costos. No por ello puede subestimarse la complejidad a la que nos enfrentamos. Sería un craso error. Basta levantar la cabeza y mirar el mundo para comprobarlo.

Si nos enfocamos en el orden local, podemos ver que tenemos, además, nuestros propios problemas. En los 5 meses de confinamiento más estricto, entre abril y agosto de 2020, la inflación acumulada fue del 11%. En los 5 meses de la apertura, entre octubre de 2020 y febrero de 2021, la suba de precios promedio acumulada fue del 20%.

“La plata no alcanza” es un reclamo que registramos en nuestras investigaciones prácticamente de manera continua desde el año 2012. Los números convalidan el registro popular: desde entonces hasta finalizar 2020, la inflación acumulada fue de más del 1400%. Otra vez este reclamo está siendo muy audible. De acuerdo con los datos del Indec, si se compara la evolución de los ingresos promedio de los hogares con la evolución de los precios, hasta el tercer trimestre del año pasado, último registro oficial publicado, las familias argentinas habían perdido un 9% de su poder adquisitivo. Al salir, todos los jugadores trataron de recuperar lo perdido. No olvidemos que entramos a la cuarentena con un dólar blue que cotizaba alrededor de $86 y salimos de ella tocando un récord de $195 el 23 de octubre. Ese día tembló todo.

Si bien las importaciones ingresan al valor del dólar oficial, muchos precios de la economía volaron siguiendo la estela que dejaba ese recorrido que lucía imparable. Luego la estrategia del Gobierno funcionó. Más allá de las críticas de varios economistas por su costo en el mediano plazo, a los ojos de la población lo que se aprecia es que se logró reducir el valor del blue hasta los $142, cierre del pasado viernes. Es un 27% menos que aquel $195 que metió pánico.

De todos modos, aun con esa baja, su cotización es ahora un 64% más alta que la de aquel entonces –$86 el 18 de marzo de 2020–, y un 80% superior a los $79 que costaba un dólar el 2 de enero de 2020. Si hacemos la cuenta de la evolución del poder adquisitivo de las familias en dólares y no en pesos, la caída al concluir el tercer trimestre del año fue mucho más aguda: -34%. En la Argentina se paga en pesos, sí. Pero la mayor parte de los productos, en mayor o menor medida, y por diferentes razones, tienen “dólares adentro”. Entre ellos algunos muy relevantes para la gente como los teléfonos celulares, buena parte de los alimentos, los combustibles, las motos, los autos, las zapatillas y la ropa. Obviamente, también los viajes. Hoy limitados y postergados, no dejan de ser uno de los grandes objetos de deseo de la época.

Por más que se trate de encontrar un culpable o un chivo expiatorio, la tarea resulta infructuosa. Se trata del sistema. Un reflejo lógico de una cultura experta en la carrera entre el valor del dólar y la inflación. En Argentina nunca nadie quiere llegar tarde. El que se duerme, pierde. No es hipótesis, es dato. La historia tiene sobradas pruebas de ello. Ya lo dijo sabiamente quien fuera considerado el padre de la gestión empresarial del siglo XX, Peter Drucker: “La cultura se come a la estrategia en el desayuno”. Quienes trabajamos en ese campo sabemos que es una máxima de hierro.

Los ciudadanos que debieron lidiar con las consecuencias de la segunda caída económica más importante de la historia argentina –la variación del PBI fue -10% anual–, ya le pusieron nombre al fenómeno pos cuarentena. Hablan de que en algunos casos hay “precios obscenos”.

Esta es una de las variables que, por más anestesiados que estén, los mantiene bien despiertos. De pronto al volver a la realidad de sienten descolocados. ¿Qué pasó? Registran un quiebre. Ven que se rompieron los parámetros. Están obligados a modificar de un modo igual de abrupto sus conductas. Si la austeridad hace rato que era un valor, ahora se volvió una obligación. Salvo excepciones, para la gran mayoría no queda otra chance. De acuerdo con los datos de Kantar Worldpanel, en el señalado período 2012-2020 las primeras marcas de consumo masivo perdieron un 25% de su volumen.

En la última investigación cualitativa que acabamos de concluir en Consultora W emergió de la voz de los propios consumidores una nueva nomenclatura para señalar dónde están poniendo el foco. Hoy se trata de descubrir, probar y recomendar lo que bautizaron como “primeras marcas desconocidas”. Es muy interesante que ya no las llamen como tradicionalmente solían hacerlo: “segundas marcas”. Ahora las ubican en el mismo nivel que las marcas líderes, solo que sin tanta publicidad o marketing. Todo un signo de la época.

La misma lógica del consumo masivo se traduce al resto de los sectores. A todos les llega su “Manaos”. Y deben encontrar la forma de revalidar sus credenciales en un contexto sumamente adverso. Muy a su pesar, la gente no tuvo más remedio que adaptar sus expectativas a las nuevas posibilidades.

La otra variable que mantiene a la sociedad en estado de alerta es la dinámica de la pandemia. La anestesia apacigua por ahora sus efectos, pero la avalancha de información no por ello se detiene. Otro de los aprendizajes que dejó el año pasado es que Europa es “un espejo que adelanta”. De allí llega la ansiada noticia que todos esperaban: las vacunas, aun con alguna dificultad, en general funcionan y muy bien. También viene la otra cara de la moneda: tuvieron un invierno muy duro, con fuertes restricciones. En este año 2021 una cosa no anula la otra. Van en simultáneo. Esa visión inquieta y preocupa.

Al alejarnos del verano se irá diluyendo su efecto anestésico. La Argentina que viene es un cubo mágico. Pandemia/ cuarentena, vacunas, inflación, dólar, empleo y consumo son sus seis caras. De acuerdo a como se vayan armando o desarmando irá evolucionando el humor social. Y por ende, tanto la propensión a gastar o ahorrar, como el humor electoral. Hoy algunas lucen mejor que otras.

Para tomar decisiones, esta vez resultan mucho más útiles los escenarios que las proyecciones. Siempre hay que hacerlas, pero en el extremadamente volátil entorno actual amerita contemplar los fuertes condicionamientos que pueden alterarlas.

Todo puede cambiar muy rápido. Para bien o para mal.

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