Distorsiones que afectan los mercados de futuros y crean menos riqueza

Un aspecto distintivo de la cadena agroindustrial es la variabilidad de precios a los cuales están sujetos los participantes que integran la misma, ya sea como oferentes (productores primarios) o demandantes de materia prima (industria, comercio). Si bien esto es especialmente importante para productos que se consumen en el mercado doméstico (hortalizas, frutales), pero también es relevante para los exportables (cereales, oleaginosas, carne). La volatilidad de precios es consecuencia de variaciones de producción causadas por aleatoriedad climática, unida a inelasticidad de demanda. A modo de ejemplo, en las últimas dos décadas el cambio interanual de precio internacional de la soja y del trigo promedió entre 14 y 15 por ciento, superando algunos años el 40 por ciento.

En un “mundo ideal” los precios a recibir serían conocidos con certeza. Bajo estas condiciones, el productor elegiría un nivel óptimo de insumos, y por supuesto una combinación óptima de producciones. Si los precios recibidos son finalmente distintos a los usados al momento de decidir, se cometerán errores. Esto tiene un costo. Por ejemplo, si el productor aplica 120 kg de fertilizante por hectárea, cuando lo óptimo hubiera sido usar una cantidad menor, “gastó de más”. Pero si el óptimo hubiera sido 150 en lugar de 120 kg por hectárea, también incurrió en un costo, en este caso un “lucro cesante” (oportunidad desaprovechada).

Este error cometido con el fertilizante se traslada al resto de los insumos empleados (incluyendo tierra, tiempo gerencial y otros). En definitiva, el costo de ignorar cuáles serán los precios a recibir es la diferencia entre el resultado económico que se hubiera obtenido conociendo en forma precisa los precios, y el resultado obtenido con información incompleta.

La historia de los mercados de futuro en Argentina en el último siglo ilustra en forma clara el impacto de intervención pública en mercados, y la consecuencia que estas intervenciones han tenido sobre los procesos decisorios de todos los participantes de la cadena agroindustrial.

En la década de 1920, la producción de granos del país rondaba en 14 millones de toneladas. Salvo el uso del telégrafo y el incipiente teléfono, no existía en ese período comercio electrónico. Pero ¡oh sorpresa! el volumen transado en el mercado a término era un 20 por ciento mayor que la producción (16.6 vs 13.8 millones de toneladas). El intenso uso de mercado de futuros permitía que los participantes acotaran riesgos, ya sea vendiendo producto en el caso de productores, cooperativas o acopiadores, o en el caso de la industria y la exportación, comprando.

Durante la década del ’20, el uso de mercados futuros otorgó previsibilidad en cuanto a precios a recibir/pagar. Esto resultó en una asignación de recursos más eficiente y por lo tanto en mayor resultado económico. Aun los que no participaron en forma directa en el mercado se beneficiaron, ya que accedieron a cotizaciones futuras como referencia de precios a recibir/pagar.

¿Qué pasó en las décadas siguientes? La historia es lamentable. En el período 1950-55 los mercados a término no operaron ya que el comercio lo monopolizó el Estado. Pero en los años siguientes la historia no cambió mucho. En la década del 60, el cociente Volumen Mercado a Término/Producción fue de sólo 15 por ciento, aumentando a 23 por ciento en el período 1990-1999. Si bien en los últimos años de la década del ’90 los mercados a término experimentaron un aumento (llegando a 45 por ciento al final de la misma), volvieron a colapsar a valores de menos de 25 por ciento en el período 2000-2009.

Retenciones y permisos a la exportación, tipos de cambio diferenciales, inflación e incertidumbre macroeconómica son factores que han contribuido al escaso desarrollo de los mercados de futuro. En una Argentina “normal” el volumen transado en mercados futuros debería rondar los 160 millones de toneladas anuales, y no las 40-50 millones comercializadas en la actualidad.

La fragilidad de los mercados de futuros de Argentina tiene como consecuencia menor generación de información para la toma de decisiones. Mayor incertidumbre resulta en mayores errores en la asignación de recursos productivos: se sub- o sobre utilizan insumos o, lo que es lo mismo, no se asignan en forma efectiva los insumos entre las múltiples alternativas entre las cuales estos pueden ser empleados. Menor eficiencia en el uso de insumos implica un costo para la sociedad: dado un stock limitado de recursos productivos, la producción lograda es menor a la potencialmente lograble. El resultado es menor creación de riqueza, y en última instancia menor crecimiento económico. Al respecto, las evidencias del caso argentino son más que concluyentes.

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El autor es docente de la Ucema. Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la Ucema

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