Apertura de sesiones: palabras que encuentran su límite en los datos

1 de marzo de 2021  • 18:15

Una

plaza vacía y un recinto sin público

ni invitados especiales descubren un cuadro diferente de la ceremonia inaugural de las

sesiones ordinarias del Congreso.

El previsible contenido del discurso presidencial se enmarca en la tradición kirchnerista donde

Alberto Fernández

se ubica: se critica de manera profusa a su predecesor, se enumeran las increíbles conquistas del gobierno y se llevan adelante un sinfín de promesas.

Coloca su gestión en el contexto global de pandemia, argumentando que su logro reside en aquello que se evitó, pero que no se ve; recuerda las imágenes tenebrosas de otros países y a quienes pretendieron desmoralizar, por razones económicas, a la cuarentena diseñada. Alude a la pirotecnia verbal que aturde y confunde y a los petardos cargados de falacias.

Pero las palabras encuentran su límite en los datos. Según el ranking del Coronavirus Resource Center de Johns Hopkins University, el porcentaje de muertos en relación a la cantidad de infectados hoy en la Argentina es de 2,5%; con lo cual en relación al resto del mundo, ocupa el décimo lugar, solo superado, en América Latina, por Perú y Colombia.

La crítica implacable a la gestión económica y social del gobierno anterior, acompañada por el repaso de sus logros al frente de la Casa Rosada, también emergen cuestionados por las cifras. A diciembre de 2020, la Comisión Económica para América Latina (Cepal) estima para la Argentina una caída del PBI de 10,5 por ciento; convirtiéndose en el declive regional más pronunciado detrás de Venezuela, Perú y Panamá.

Son rescatables, en cambio, las acciones tendientes a la liberalización de la cultura, como la interrupción voluntaria del embarazo y las medidas contra la violencia de género, al igual que la propuesta sobre la existencia de cupos laborales para travesti trans en la administración pública nacional. A su vez, la crítica a la oposición partidaria en los términos realizados ahondó la grieta en vez de suavizarla.

No se agrede a quien se está invitando a construir un camino común. O bien se lo insulta y no se lo convoca, porque se cree que actúa contra el interés nacional, o bien por necesidad política o por convicción, se lo convoca para llevar a cabo esa empresa compartida. No se puede invitar y desacreditar al mismo tiempo.

Un jefe de Estado atacando a la justicia en la figura de la Corte Suprema, incluso en la persona de un fiscal, atentan de manera directa contra la división de poderes. Si en ningún caso un presidente, sobre todo si se instala en el mundo del derecho, debe llevar a cabo un embate contra otro poder del Estado, menos aún en el principal discurso a la nación, ahora lastimada por la grieta. Más todavia, existen mecanismos institucionales para desplazar a los integrantes de la justicia que no cumplen con su deber.

El Presidente da a la pandemia un lugar clave en la justificación de su performance gubernamental. Y algo más. Vivimos en un país capitalista en el cual existen los poderes concentrados, por lo tanto es obligación de un gobierno popular evitar el daño que causan; pues si siguen dañando luego de doce años de gobiernos kirchneristas, más el nuevo período, entonces el país enfrenta su incapacidad o a su falta de decisión para combatirlos. Además, si no fuese por los medios críticos, por la oposición partidaria, y por una ciudadanía descontenta dispuesta a los banderazos, su gestión hubiese sido un éxito sin fisuras.

Sin embargo, ocurre que estamos en democracia, donde esa trilogía resulta parte del juego que hace precisamente de ese régimen uno democrático.

La autora es profesora e investigadora en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín

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