Omar Moreno Palacios, cantor y símbolo de la llanura pampeana


Omar Moreno Palacios Fuente: LA NACION – Crédito: IgnacIo Sánchez

Compositor, autor, intérprete, actor y locutor, Omar Moreno Palacios, “El Pancho”. fue sin duda un referente -y un símbolo- de la llanura. A extremos que para Antonio Rodríguez Villar, presidente de la Academia Nacional del Folklore, en música surera hay un antes y un después de él.

Nació el 5 de septiembre de 1938 en Chascomús, a la que siempre cantó: “Mi Patria Chica”, “Qué lindo el pago donde nací”, “La Capilla de los Negros”. Y, desde allí, ni bien extendió alas, hizo de la provincia de Buenos Aires su territorio artístico y anímico. Y la llevó por el mundo: “Dicen que soy altanero/ pero no soy fantaseoso,/ sencillo pero vistoso,/ sin jactancia y con donaire,/ libre voy surcando el aire/ cual golondrina viajera,/ y te llevo a la sidera/ Provincia de Buenos Aires”

Nacido en un hogar que juntaba criollos, conoció antiguos músicos y cantores, entre los que talló principalmente el legendario Mario Pardo, su maestro de guitarra. Y, en etapas de crecimiento, tuvo Omar su viaje iniciático: vivió tres años en la República Oriental del Uruguay, cuna de sus abuelos. Esta experiencia lo marcó por vida. Personalidades y ambientes que conoció por allá -Osiris Rodríguez Castillos, Amalia de la Vega, un joven Alfredo Zitarrosa, centros tradicionalistas y aparecerías- le hicieron sentir el sabor de lo que es igual y poco distinto, al decir de Jorge Luis Borges.

Moreno Palacios fue un singularísimo intérprete de la guitarra, de esos que ni bien se escucha ya se sabe que es él. Alguna vez pregunté a Carlos Moscardini -para Moreno Palacios la guitarra más importante de la provincia a la fecha- cómo era que tocaba Omar, en qué consistía ese modo que lo caracterizaba. Me contestó que su secreto estaba en el ritmo, tal vez herencia morena que le andaba en la sangre. Fue a favor de eso que Moreno Palacios aprovechó para lucirse con músicas que desde la mitad del siglo XIX irrumpieron en el Río de la Plata con aires y agilidades nuevas. Y que Omar entreveró con el antiguo bagaje -la cifra, el cielo, el triunfo, la milonga- para ser señero también en esto. Me refiero a la mazurca y el schottis, a la ranchera. Y la polca en su estilo canario, es decir cantado, modalidad que seguramente trajo de la otra orilla. Así “La Polca del Amor”, “Qué de inconvenientes para visitar la Pancha” y otras.

Moreno Palacios fue, además, creador de “Una Picaresca Paisana”, vinculada con su par española, con el Fausto de Estanislao del Campo. Incorporó a su repertorio -“El Pucheto”, “El Olvidadizo”- al extraordinario Arthur García Nuñez, Wimpi. Y con Luis Landriscina generaron un ámbito humorístico que podríamos titular Del Bolazo Consentido, tan propio de nuestro hombre rural en reuniones, en festejos o alrededor de un mate en galpones: mentir y exagerar a destajo y sin maldad, con gestos de aprobación y asombro. Y siempre, en este rumbo, puso su pimienta en lances amatorios -“Como chimango pal ojo”, “Agarrame el alazán”- u ocurrencias del campo, como “Por darme el gusto en vida”. Y nunca cayó en la ordinariez ni la zafaduría.

Más allá de su humor y picardía, Moreno Palacios, ante las cosas y los seres, era capaz de hondones que conmovían: sus milongas Museo de Barro, Nunca te dije nada, su Piso de Tierra, Patio de casa. Y su autoretrato Sencillito y de Alpargatas. Y al igual que en la veta risueña, también en esta supo incorporar y rodearse de Puros Nosotros, al decir de Lucio V. Mansilla: el mencionado Rodríguez Castillos, Justo P. Sáenz, Omar Menvielle, Cupertino del Campo, Pedro Boloqui y Pedro Risso, el Cancionero Anónimo y otros.

Criador de raza criolla durante toda su vida, tanto los amó los caballos que le fue imposible negarles su trascendencia ultraterrena, su lugar en el paraíso: El palenque ha quedao tieso,/ opaco de ausencia y frío,/ le falta el calor y el brío/ de la tapa del pescuezo./ El relincho como un rezo/ le llega de la distancia,/ sabrá Dios en cuál estancia/ del cielo andarás costeando,/ los alambres repechando/ y luciendo tu elegancia

Dios quiera que Omar Moreno Palacios, recién llegado al trasmundo, haya dado con su overo chimangueado (“¡Caballo el tal Margarito!”) y ande ahora en plenitudes, echando algún galopito por esas pampas del firmamento.

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